Virtudes Católicas
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Gravitas, una virtud - III
El papel de los deportes en
la conspiración anticristiana
El Prof. Plinio pronunció estas palabras hace 66 años. Desde entonces, la tendencia que describió ha adquirido proporciones alarmantes. Lo he sentido intensamente durante las últimas semanas, mientras el mundo ha afrontado un diluvio de espectáculos deportivos en el torneo de la Copa Mundial de la FIFA 2026, de los que se ha hablado sin cesar en las noticias, de persona a persona, en todas partes.
Asombrosas hazañas del cuerpo realizadas con un balón dominaron la atención durante la Copa Mundial
Pero, para muchos, su admiración trasciende las fronteras. Que un ser humano, venga de donde venga en el planeta, pueda correr y patear cosas, es simplemente sobrecogedor. Las maneras específicas en que esos balones son golpeados con un brazo, una pierna o el instrumento elegido para golpearlos son magnificadas y analizadas en cámara lenta, normalmente repitiéndose dos o tres veces, como si fueran las notas de un vino celestial que uno quisiera saborear para siempre.
La apariencia del cuerpo se convierte en un objetivo primordial de la vida
Lo que aquí falta es toda noción del verdadero destino del hombre. Llegar a estar lo más “musculoso” o “marcado” posible no es el objetivo último de la vida. Después de la muerte, uno no comparecerá ante Dios para que Él le diga: “Has llevado una vida excelente, pero podrías haberte visto mejor en el espejo.”
Más allá de la verdadera necesidad (como ser capaz de defenderse a sí mismo y a los demás), la atención de un hombre no debería estar incesantemente centrada en su condición física. Un padre, que es el rey de su familia, no puede dirigir culturalmente su hogar cuando la totalidad de sus conocimientos abarca únicamente las mejores técnicas para hacer curls con mancuernas y sentadillas.
Si tiene otros intereses, y muchos los tienen, no los está desarrollando lo suficiente ni los está transmitiendo a sus hijos, ya que la mayor parte de su tiempo libre la pasa en el gimnasio. En lugar de intentar mejorar su tiempo al correr una milla, podría estar enseñando a su hijo a llevar el compás al tocar un instrumento. Pero no lo hará, porque ansía las endorfinas que le produce correr y el desmesurado “logro” de obtener una marca más rápida que la anterior. Necesita demostrarse a sí mismo y a los demás que sus piernas pueden producir estadísticas cada vez mejores.
El resultado de la obsesión por la salud es un alma vacía
La dimensión espiritual del hombre queda reducida a la nada, y él no busca una visión de la realidad en sus aspectos trascendentes. Ni siquiera sabe que puede —y debe— hacerlo. El suyo es un universo frío, muerto y racionalista, animado únicamente por el falso calor de la carne. Encuentra su placer en intensas sensaciones que brotan de los receptores distribuidos por todo su cuerpo...
La impureza acompaña la obsesión por el cuerpo
No debería sorprender que la impureza vaya de la mano con este modo de vida. El Prof. Plinio ya habló de ello en 1967: «La impureza... disminuye la influencia del espíritu en el hombre, haciéndolo lento para actuar, y da prioridad a la materia. La Sagrada Escritura llama a este tipo de hombre animalis homo, un hombre-animal. Actúa más como una bestia que como un hombre; ha perdido por completo el sentido de las cosas de Dios. ...
«Recuerdo cuando era niño; la conducta moral de los mejores alumnos de la clase era buena. Los peores eran los que eran impuros. Eran los que permanecían sentados al final del salón, los que comían o bebían cuando el profesor no los veía, los que no mostraban ningún interés por la materia que se enseñaba. La única vez que estos alumnos se interesaban era en el recreo, cuando se jugaba al fútbol. Muchos de ellos eran buenos jugando al fútbol. Eran excelentes jugando con los pies, pero malos usando la cabeza...
«Estas son, por desgracia, las devastaciones de la impureza. Por eso, cuando la impureza domina, las civilizaciones sucumben.»
Las niñas fueron un objetivo prioritario de los deportes para fomentar formas revolucionarias de ser y de pensar; abajo, mujeres fuertes y rudas compitiendo en la Copa Mundial Femenina

La obsesión del hombre moderno por los deportes —su comportamiento de "fanboy"— no es un accidente. Como todo lo que estamos sufriendo, es un problema diseñado, dirigido por las Fuerzas Secretas a través de agentes bien situados. Los testimonios del Dr. Lawrence Dunegan en The New Order of Barbarians son muy reveladores. Al asistir a una conferencia médica organizada por un miembro de estas Sociedades Secretas, el Dr. Dunegan escuchó con gran detalle cómo el atletismo debía ser una “herramienta de cambio social”. (Randy Engel, The New Order of Barbarians, p. 53).
El público debía ser manipulado para que estuviera constantemente haciendo ejercicio, “corriendo de un lado para otro”, y especialmente usando ropa inmodesta que convenientemente aparecería en el mercado. (Ibid., p. 32). ¿Con qué otro fin, sino exagerar la importancia del cuerpo y fomentar la impureza?
Las niñas eran consideradas un objetivo prioritario, señala: «Muy importante en los deportes era el deporte para las niñas. Se impulsaría el atletismo para las niñas... para cambiar el modelo de lo que las niñas deberían aspirar a ser. Mientras crece, debería aspirar a ser una atleta en lugar de esperar convertirse en madre». (Ibid., p. 5)
Había un objetivo adicional de mayor alcance que esta ruptura deliberada de las familias. El fútbol sería promovido en todas partes para “restar importancia” al nacionalismo en los países que hasta entonces practicaban y favorecían sus propios deportes tradicionales. (Ibid., p. 53). Los aficionados al fútbol se cuentan hoy por cientos de millones, si no miles de millones. Para muchos países, ha sustituido de hecho a sus juegos regionales más característicos.
A pesar de los horrores que he descrito, en realidad uno puede llegar a comprender mejor la verdad y la virtud mediante la práctica de los deportes. Existe un carácter marcial que subyace a muchos deportes y que permite a los muchachos participar en una competencia sana. Sería instructivo analizar cómo los medievales practicaban ciertos juegos —como la lucha o la esgrima, de la que se habla en este artículo—, pues ese fue el período en que las cosas estuvieron, por lo general, más ordenadas. Podemos ver que algunos católicos se sienten legítimamente atraídos por estos deportes.
Sin embargo, creo que el católico no debería adherirse a la obsesión general por los deportes profesionales de hoy, sino evitarlos. No debería importarle si Haaland, Messi o cualquiera de estas otras falsas élites ha mejorado en el arte de mover un balón sobre el césped.
También soy de la opinión de que un católico debería procurar cultivar aquellos deportes propios de su entorno, con los que tenga un vínculo: quizá un padre vea jugar al fútbol a su hijo aquí, o un grupo de amigos adultos juegue un partido informal de baloncesto allá. En esos ambientes no existe la estúpida y ebria exaltación de los partidos televisados. Y, con suerte, el cuerpo no es sobrevalorado.
Continuará
El estadio reemplaza al coliseo
en el mundo moderno neopagano
Publicado el 4 de agosto de 2026





















